lunes, 14 de junio de 2021

Relato: El niño y el árbol

 


John allí se encontraba en ese centro de acogida, la muerte de su abuelo, había sido un golpe demasiado duro, desde pequeño, solo había sufrido pérdidas, pero acababa de perder a lo único que le quedaba, eso, que solo tenía nueve años, apenas iniciaba a tener memoria, sus padres murieron en un accidente de tráfico, ahora cinco años más tarde, perdió al único miembro de la familia que le quedaba, su abuelo, dejándole, huérfano, solo, sin padres, sin tíos, sin más abuelos, solo, y en aquella casa de acogida, donde acabaría de pasar su infancia, adolescencia y juventud, hasta que hiciera, su mayoría de edad.

 

Las mujeres de aquel desconocido lugar, se les veían simpáticas, a diferencia de los demás niños, se sentía totalmente observado por ellos, que todos le miraban y hablaban mal de él. Lo que más le gustaba era el patio, había mucho lugar para jugar, mucha zona verde, con muchos árboles, le encantaban los árboles, uno en particular, era gigante e inmenso, le ayudaba a esconderse, a protegerse, de los demás niños, cuando se metían con él.

 

Desde que él recordaba siembre había amado a los árboles, entendía el porqué, de los pocos recuerdos que tenía de su padre, recordaba esa casa del árbol que hicieron juntos, cuatro o cinco años tenía, justo antes del accidente, que le dejó huérfano de padre y madre. Fue él su padre quien le enseñó a subir a los árboles y esconderse de los depredadores.

 

Ese gran árbol, tan alto y fuerte como su padre, su corteza era tan ancha, que afirmaba una vez más, la fortaleza de esa planta es como si su padre estuviera allí, cuidándole y protegiéndole de los abusones. Algo curioso le parecía, ya, que todos estaban como él en aquel lugar, todos formaban parte de la misma familia, sin a nadie más a quien recurrir. En vez de hacer piña y unión, atacaban al más nuevo. Es algo que él a su corta edad, no entendía.

 

Desde la llegada al lugar, cada noche, no dejaba de soñar en aquel inmenso árbol, como él se escondía, tras la fortaleza de ese tronco, entonces, las raíces salían de la tierra, le protegía de esos abusones, después con sus raíces delanteras, lo cogían de la cintura, lo alzaban a las ramas más altas, juntos paseaban por la ciudad, él se sentía bien orgulloso y valiente, como si su padre siguiera a su lado. Cada noche el mismo sueño, la felicidad al completo, el despertar, la decepción de la realidad.

 

Aquella mañana al abrir los ojos, ante la decepción del despertar, se empezó a preparar, le pareció ver algo irreal, pero era imposible, no era posible haber visto, a su amigo el árbol, mirándole desde la ventana, obviamente, al volver a mirar ahí estaba la planta anclada a sus raíces, pero cuando salió al patio, cuando sus acosadores, ya le echaron el ojo encima para violentarle, él inició a correr, para su sorpresa, el árbol adelantó aquellos niños rebeldes, los levantó dos palmos del suelo les lanzó a dos metros de distancia. Su mayor deseo se había hecho realidad, como aquel muñeco de nieve que cobró vida en aquella película, él también tenía a su padre a su lado, en forma de árbol, ya jamás lo maltratarían, ya no tenía miedo al despertar, ya no hacía falta soñar más…

Escrito: 13 de junio del 2021

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lunes, 7 de junio de 2021

Diario personal: ¡¡Ya son 34 años!! Reflexión personal

 

Mis 33 años: Soplando velas, con la ajuda mi pequeña, gran guerrera

Ya son 34… Ufff ya pasé, la edad de Cristo, y vamos para arriba, otro año más con parálisis cerebral, y si, en ocasiones no he podido evitar buscar el promedio de vida de las personas que tenemos parálisis cerebral, conozco a mucha gente, con tal condición, bastante mayor que yo, que están fuertes y bien, así que eso mi esperanza, pero como todo ser humano, todo depende, de la clase de vida que le das a tu cuerpo, por ello la importancia del La importancia del deporte en la parálisis cerebral

A los 32 estaba embarazada, a los 33 soplaba las velas, con mi amada pequeña gran guerrera, este último año, ella ha sido la protagonista de mi vida, la crianza, el seguir el vivir, no puedo evitar para atrás, antes del 2009, en como veía mi vida, en los deseos que tenía, en la realidad que había… El 2009 fue un año clave, para ver otra realidad oculta. Tengo claro, que sin discapacidad mi vida hubiese sido muy distinta, sin ese caballero andante, no hubiese cruzado el océano, sino hubiese dejado, todo su mundo para el encuentro, y “rescate” de su princesa, no hubiese conocido gran parte de mi ser, de mi forma de ser, muy distinta a la que mi familia conoce (padres, tíos, primos) No soy tan tranquilita como todos creen, tampoco soy mala persona, pero mi personalidad, mi forma de ser sino hubiese tenido discapacidad era de ser fiestera y alocada la típica de cualquier adolescente, de alguna manera lo he sido, años más tarde, gracias a ese caballero andante, que cruzó el océano por su amada.

 



Poco a poco el me mostró mi verdadero yo, todo aquello, que me habían mentalizado desde niña, se fue destruyendo, primero, obvio primero mi amado, luego mi casa, adoptemos y criemos juntos, a una vida, a Yera, nuestra hijita perruna, él me mostro, que la discapacidad, no era un obstáculo, podía hacerlo, cuidar de una perrunita. Al lograrlo, no lo dudemos, viendo, el despertar, de nuestro reloj biológico, fuimos a por el bebé humano, pero no fue fácil, no llegaba, estaba claro que aún no era el momento, debíamos vivir un poco más como pareja, antes de formar la familia, y así lo hicimos con las dificultades de cada época, con nuestros altos y bajos, juntos siempre hemos salido a delante. Con 31 años en el 2019, Vicky ya estaba en mi tripa, en la tripa de su mamá con parálisis cerebral, los médicos, fueron muy atentos, tratándome como una mujer más embarazada, aunque no tenían mucha idea, de cómo ayudar en la discapacidad, jamás me discriminaron, he hicieron que Vicky y yo llegáramos al parto a las 39 semanas, en pleno estado, y bien.

 


Ya teníamos nueva etapa, dejando detrás la locura continuada, cambiada, por cuidar y proteger, a la recién llegada, personalmente, aprender, como cualquier madre o padre primerizo con la dificultad que te impregne la sociedad, solo por tu discapacidad…. Ya es más de un año viviendo con mi pequeña para nada tranquila pequeña gran guerrera. Es un torbellino, que no para ni un segundo, pero cuando vamos las dos solas, parece que entiende las limitaciones de su madre con parálisis cerebral, se comporta bastante bien, alguna barraquera pilla en medio de la calle (cada vez más) que acaba tumbada en la acera, los desconocidos, la sientan en mis rodillas, entonces el berrinche, se le pasa al momento. Pero realmente, habido un cambio grande de hace veinte meses atrás, que ni sabía coger a mi hija, ya podemos pasear las dos juntas cogidas de la mano, sin más compañía, eso me recuerda, de niña, cuando iba camino del colegio, imaginaba como llevaba de la mano a mi hermano, cuando por aquel entonces aún era hija única, ahora más de veinte años que han pasado, se ha hecho realidad, con mi hija, que poco a poco, se va adaptando y acostumbrando a la situación de su familia.

 


¿Qué desear para los 34 años? Vivir, seguir sobreviviendo como familia, siempre unidos ante las dificultades, seguir aprendiendo y mejorando como mamá con discapacidad, sé que lo haré con esta pequeña gran guerrera que me va enseñando día a día, que la discapacidad no es una dificultad, sino una condición más.



Ya son 34 años viviendo con parálisis cerebral, ¿Cuántos años mas me quedarán? Solo el destino y dios lo saben, mientras tanto no pienso desaprovechar, ni un segundo más, de aprender y mejorar como persona.

 

Escrito: 07 de junio 2021

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