martes, 4 de agosto de 2020

La historia de un perro que no te dejará indiferente




Todo estaba tan bien entre nosotros, yo tenía nueve años, tú tenías mi misma edad, pero en edad humana, es decir 63 años. Te desperté esa mañana, como todas las mañana, lanzándome sobre tu cama, despertándote a lametones. Estabas contento, feliz, reías a carcajada. Nos levantemos, desayunemos, tu un tazón de leche, con café descafeinado, le mojaste pan, con una sonrisa en tus labios, me lanzaste, un trozo de carne de la noche anterior, juntos iniciemos el desayuno.

 

Después, no tardemos en salir, en nuestro paseo matutino, cogiste, un palo, me lo tiraste, yo corrí, lo atrapé, te lo entregué con alegría. Te noté cansado, te llevaste, tu mano al pecho, te sentaste, en un banco, con la respiración acelerada “tranquilo muchacho estoy bien, solo necesito unos minutos” Te creí, pero aun y así, me recosté a tu lado, sentía  que necesitabas consuelo, un amigo, yo estaba ahí, no te iba a dejar, no te iba a fallar. Pasito a pasito, volvimos a casa, te recostaste en la cama, yo a tu lado, nos dormimos un rato.

 

Me desperté, algo no estaba bien, te noté frío, sudoroso, la respiración muy acelerada, no es necesario ser humano, para saber que algo no iba bien, pero yo solo… ¿Que podía hacer? Besé tu rostro para calmar tu dolor, pero no era suficiente, ladré, ladré con todas mis fuerzas, el timbre empezó a sonar, empezaron a preguntar “¿todo está bien?” pero solo tenían mis aullidos como respuesta, fue testigo, como perdías la consciencia, te desmayabas, yo más histérico acababa. Tiraron, la puerta abajo, en una camilla te pusieron, en una furgoneta con sirena te metieron, fui testigo como desaparecías. Yo corrí, corrí con energía, tras esa carcasa con ruedas y sirena. Llegué al hospital, vi como un montón de personas te rodeaban, te llevaron para dentro. Intenté entrar, pero me echaron, las puertas cerraron. Caminé hasta una explanada cercana, me acomodé, esperando tu llegada. Las horas pasaban, tú no regresabas.

 

Empezó a llover, me fui a refugiar bajo un tejado, seguí esperando. “amito estoy aquí, no me voy a ir sin ti” Por la mañana algo me despertó, era su olor, el olor de mi amito “Al fin” No lo lograba identificar, seguí su olor, su rastro, pero algo no cuadraba, ya que me llevaba a una chica joven, que no había conocido antes, en cambio tenía el aroma, el olor de mi amito… “¿Qué había pasado?” Yo no sabía… Escuche la voz de una enfermera, que llevaba su silla de ruedas “Es el perro, del hombre que te donó sus órganos” la chica, se emocionó, yo no entendía bien, pero ella lloraba, debía animarla, me puse a dos patas, le lamí la cara. Ella me dijo “Lo siento, no soy él, pero si me dejas, si tú quieres, te voy a cuidar, seremos amigos, hasta el fin, te lo debó, se lo debó, sin él no estaría aquí”.


No comprendía al cien, pero entendía que mi amito, ya había cruzado el arcoíris, parte de él, estaba en esa chica tan amable y simpática. Ahora ella era mi amita, debía cuidarla y protegerla, juntos, fuimos a su casa, mi nuevo hogar, iniciando una nueva etapa en mi vida.

Escrito: 25 de mayo del 2015
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